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Principio y fin del mundo
First, septiembre de 2001

Submundo, la última novela de Don de Lillo (publicada, como casi toda su obra, por la editorial española Circe), comienza durante el final del campeonato de béisbol de 1951, entre los Giants y los Dodgers, encuentro que pasó a la leyenda. Entre el público hay un chico de color, Cotter Martin, que consigue apoderarse de la pelota bateada por Bobby Thomson a las tribunas, pocos minutos después que a Edgar Hoover, director del FBI, le comunican que la Unión Soviética ha conseguido fabricar su propia bomba atómica. Así comienza la Guerra Fría, con un estadio presa del delirio.

La pelota fuera de juego constituye una especie de hilo conductor, con un viaje hacia atrás en el tiempo, desde los años 90 hasta la inmediata vigilia de aquel partido. El protagonista es Nick Shay, un experto en eliminación de desechos peligrosos, que en orden cronológico es también el último poseedor de la pelota de béisbol. Junto a él se mueven muchos otros personajes: Klara Sax, una artista que en los 50 había tenido una buena relación con Nick; sor Edgar, una religiosa que cotidianamente afronta los horrores del Bronx; la familia de Nick y toda la comunidad italoamericana de Nueva York. Imposible resumir esta novela. Lo que emerge de ella es un sentimiento de angustia y opresión y, sobre todo, el miedo en una época que como ninguna otra estuvo más veces a un paso de la destrucción.

DeLillo denuncia la locura de la guerra atómica, y lo hace excavando en los traumas que esta amenaza produjo en la vida de la gente. La bomba atómica desterró todas las certezas, y con su amenaza corrompió todas las mentes. Los niños que en la escuela se ejercitaban para afrontar el Apocalipsis Nuclear ocultos bajo sus propios pupitres son la imagen más evidente de lo anacrónico de nuestra cultura. Y ahora los desechos, radioactivos durante milenios, imposibles de reciclar, eternos, son las divinidades de nuestra época. Que también es la de nuestra vida, es decir, la de nuestras obsesiones. Como las de Nick, convencido de que su padre fue raptado y asesinado, cuando en realidad simplemente parece haber decidido abandonar a su familia. O las de Hoover, asediado por terribles paranoias, como la de que alguien le roba la basura que todos los días saca a la calle.

Al final se tiene la impresión de haber dado un paso importante en la comprensión del mundo. Un poco como ocurre al final de El péndulo de Foucault, de Umberto Eco, donde la amenaza se vuelve al mismo tiempo distante y trágicamente real. DeLillo pone de manifiesto que el desarrollo tecnológico está indisolublemente ligado a los desechos que él mismo produce, y que dichos desechos son el precio de la modernidad. Desechos en sentido literal, pero también desechos humanos, como los que Nick conoce durante un viaje al imperio soviético, visitando los sitios donde se hacían experimentos nucleares.

El comienzo evoca El triunfo de la muerte de Brueghel, pero la palabra que cierra "Submundo" es "paz".

El sudafricano J.M. Coetzee, con Desgracia (Mondadori, 2001) vuelve a confirmarse como un gran escritor (con esta novela, por segunda vez, Coetzee obtuvo el Bookeer Prize, el premio más prestigioso de la literatura inglesa). David Lurie, profesor de cincuenta y dos años en la Cape Technical University, seduce a una alumna, que lo denuncia por acoso sexual. Una comisión académica le pide que rechace todas las acusaciones o que abandone la universidad. Lurie se declara culpable y emprende un viaje para visitar a su hija, Lucy, que posee una casa en el campo. Le ronda la idea de escribir una ópera sobre los últimos días de Lord Byron en Grecia, para lo cual necesita tranquilidad.

En ese "fin del mundo" no hay nada, ni siquiera tranquilidad. Lurie se siente vacío. La llegada de tres jóvenes negros pone, en la mente de Lurie, todo en debido sitio: penetran en la casa, violan a su hija, y a él lo bañan con alcohol e intentan quemarlo vivo. Se van, robando pocas cosas, no sin antes haber asesinado a todos los perros. La pena experimentada por la ejecución de los perros será análoga a la que el padre sentirá en las 120 páginas restantes por su hija. Pero Lucy, después de esa desgracia, cree haber comprendido cuál es la regla para vivir en esa región abandonada y salvaje de Sudáfrica: nunca experimentar compasión, nunca pedir compasión.